El aula es el espejo del alma docente

José Blas García Pérez, publicó en ined21.com el artículo El aula es el espejo del alma docente, donde describe la manera en que el aula refleja el tipo de docente y estudiante que allí asisten.

Blás comenta que el objetivo principal del artículo es repensar las aulas con organizaciones más complejas, apoyándose en pedagogías como la de Montesori, Dewey, Decroly o Freinet.

El autor parte de la reflexión de “espacios escolares” en tiempos donde lo más común es hablar de espacios y entornos virtuales y partiendo de esa reflexión destaca que en el presente artículo hará referencia al aula en el sentido físico. Al desarrollar su argumentación sobre las aulas como espacios con significación señala que:

“Las aulas (en las que incluimos también las virtuales), para bien y para mal, se convierten en un escaparate de la enseñanza que desarrollamos. La organización del espacio-aula está cargada de significado y forma parte inexorable de un currículo oculto que planea por toda actividad de enseñanza y aprendizaje. Un currículum invisible que constituye, como bien sabemos, un poderoso elemento educativo”.

En función del principal objetivo del artículo de mejorar el modo de enseñar y de aprender, modificando la organización espacial del aula, José Blás describe algunos tipos de aula:

•    Aulas incomunicadas: Son aulas donde el alunando está sentado uno detrás de otro, en filas que miran a una pizarra (en el mejor de los casos digital) y a la mesa del profesor (en el mejor de los casos sin tarima), y cuya disposición prácticamente imposibilita la comunicación horizontal (en claro anacronismo con las necesidades comunicativas de hoy en día). Estos espacios traducen una enseñanza  vertical colectiva y unidireccional (de uno para muchos); transmisora (no constructora) de conocimientos únicos, estándares y cerrados (empaquetados en forma de libro de texto y libro o texto digital). Las aulas incomunicadas suelen ser también Aulas desconectadas de un espacio-red ubicuo e infinito.  Esta aula refleja un desinterés absoluto en el desarrollo  de interacciones  que ayudarían a modelar la manera de cómo nuestro alumnado experimenta su mundo (no olvidemos que fuera del aula hay vida) y cómo los docentes somos capaces de guiarlos para el conocimiento del mismo. A la vez, denotan un desprecio total hacia todo el valor que supone la pluralidad cultural, la entrada en el aula otras percepciones, otras ideas, otra comprensión del mundo.

•    Aulas sin movimiento. Se trata de espacios que visibilizan la creencia de que el alumnado sólo aprende si permanece quieto (trabajando en su cuaderno o dispositivo), en silencio individual (no dialógico y/o sin conexión) y en atenta escucha (activa o no), más comprensiva que expresiva, como canal principal de flujo del conocimiento. Aulas que evidencian un modo de hacer en el que se ignora que el alumnado necesita moverse para desarrollarse, para aprender, para atender, para controlarse y controlar sus impulsos y desasosiegos.

•    Aulas controladas. Espacios en los que su disposición pone el acento en el control de todo el espacio con un solo golpe de vista (o de pantalla). Estas aulas muestran que se valora en exceso la necesidad de formar individuos dóciles, disciplinados y obedientes. La movilidad, a la que hemos hecho referencia, requiere espacios cargados de contenido y procedimiento explícito, por los cuales se pueda transitar dentro de una libertad organizada. Movimiento no es sinónimo de caos. A través de esta organización control, el pupitre y/o su espacio virtual se convierten en una zona controlada donde el alumnado se mantiene «vigilado» y donde las acciones de aprendizaje que se realizan son previstas, planificadas y organizadas de antemano.

•    Aulas de disposición espacial rígida que conforman un carácter inmovilista (tanto al profesorado como al alumnado) en contradicción con el concepto de individuo creativo actual, e imposibilita las variantes de individualidad, actividad, participación, interdisciplinariedad y globalización que exige una pedagogía para nuestro tiempo. Por cierto, una disposición rígida que continúa sin resolverse en las aulas virtuales.

Todos estos modelos son ejemplos de una organización espacial que no responde a la idea de propiciar la necesaria comunicación e interacción, sino a modelos anacrónicos: verticalidad y transmisión. Observemos nuestras aulas, y por extensión nuestros centros, y analicemos si, de una u otra forma, se reflejan, o no, estos modelos.

Ante tal clasificación el autor hace algunas propuestas de cómo podemos mejorar el espacio del aula. Al respecto menciona que podemos “realizar algún cambio espacial que proporcione «significatividad educativa» directa en nuestra aula (y en nuestro centro educativo) y, de paso,  transitar hacia una pedagogía alternativa que mejore nuestra práctica docente”.

En tal sentido se podría proponer eliminar la organización de espacios que indiquen autoridad, propiciar una enseñanza democrática y participativo; organizar el aula en pequeños grupos de alumnos que faciliten la comunicación y el trabajo en equipo; crear aulas con acceso libre, rápido e individualizado a recursos y herramientas, esto incluye todos los recurso y herramientas tecnológicas. Finalmente, propone Blás, crear espacios lúdicos o de ocio en el aula y colegio.

Lo que se propone en definitiva es “evitar aulas anodinas, estáticas, ajenas, uniformes, autoritarias y frías, y convertirlas en ecosistemas de aprendizaje vivos y democráticos, provocadores de construcciones activas  de conocimiento personal y colectivo entre los miembros del grupo”.

A continuación compartimos una infografía presentada en el artículo, que resume las características de las diferentes aulas señaladas.

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 Fuente: Ined21.com