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La celebración del Día del Maestro me brinda una excelente oportunidad para insistir en la necesidad de trabajar todos por elevar la calidad de nuestra educación, lo que exige, entre otras cosas, contar con educadores de calidad, que aman su profesión y aman a sus alumnos, especialmente a los más carentes y necesitados.
Para cambiar a Venezuela, para hacer de ella un país próspero y seguro, donde todos podamos vivir como hermanos e incluso celebrar nuestras diferencias, hay que entender y asumir la educación como un medio para mejorar a las personas, pues sólo así mejoraremos el país. En esta nuestra querida Venezuela, tan convulsionada y agitada, la verdadera paz sólo será posible si logramos personas capaces de desarmar sus corazones del egoísmo, la violencia y el rencor, para hacer que habite en ellos la fraternidad y el amor.
Esta tiene que ser la tarea esencial de la educación, que debe recuperar su función esencial de construir humanidad. Necesitamos, en consecuencia, una educación que, en palabras de Mounier, “despierte al ser humano que todos llevamos dentro”, nos ayude a construir la personalidad y encauzar nuestra vocación en el mundo con los demás y para los demás, y no contra los demás. Se trata de desarrollar la semilla de uno mismo, de promover ya no el conformismo y la sumisión, sino la libertad de pensamiento, la sensibilidad y la solidaridad. El objetivo de la educación no puede ser meramente enseñar conocimientos y habilidades, promover a los alumnos de un grado a otro, otorgar títulos académicos y egresar profesionales, sino que debe orientarse a formar personas plenas, a cincelar corazones fuertes y generosos, a gestar ciudadanos capaces de comprometerse con el bien común, conscientes de que la plenitud humana sólo es posible en el encuentro, que vivir es convivir, y que el egoísmo y el individualismo deshumanizan y originan exclusión y violencia. Hay que atreverse a convertir los centros educativos en talleres de humanidad y otorgar títulos de verdaderas personas.
Esto, entre otras muchas cosas, va a exigir educadores comprometidos en su propia humanización y en la gestación de una educación capaz de poner el desarrollo al servicio del hombre, que tenga en el centro de sus preocupaciones y opciones, a la persona humana, su dignidad y realización, y no los intereses económicos o los intereses del partido. Educar es apostar y trabajar por una Venezuela mejor mediante la formación de la mente, el corazón y el espíritu de las personas. Desarrollar las competencias cognitivas, emocionales y morales de todos. De ahí que es imposible educar sin esperanza y nadie puede ser un genuino educador sin vocación de servicio. Educar no puede ser meramente una profesión para ganarse la vida, sino que tiene que ser una vocación para dar vida, para provocar las ganas de vivir con sentido y con proyecto, defendiendo y promoviendo la vida de todos.
Si en verdad compartimos esto, la educación debería ocupar el primer lugar entre las preocupaciones públicas y entre los esfuerzos del Estado y de toda la sociedad. Si es un derecho, es también un deber de todos. A todos nos conviene tener más y mejor educación y que todos los demás la tengan. De ahí la necesidad de asumir la educación como tarea de todos, como proyecto nacional, objeto de consensos sociales, amplios y duraderos. Tomar en serio la educación va a exigir, en primer lugar, despartidizarla y otorgar los cargos por méritos, entrega y adecuada formación y no por fidelidades politiqueras. Si se piensa que cualquiera puede ser maestro es que no se entiende nada de la importancia de la educación. Exige también dignificar a los educadores y adoptar unas políticas urgentes para que los mejores talentos y corazones se sientan motivados a preferir esta carrera. Y exige, del mismo modo, una revisión muy profunda de las políticas de formación y titulación de nuestras universidades que lleve a una mayor adecuación a los actuales momentos y contextos, mayor exigencia y mayor compromiso.
Autor: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com). www.antonioperezesclarin.com
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