Adolescencia: el dificil paso de la niñez a la adultez

Dado que está todavía reciente la celebración del Día  del Maestro y que avanzamos hacia el Día de la Juventud, quiero proponer una serie de artículos que nos pueden ayudar a comprender mejor a los jóvenes y a gestar una educación de acuerdo a sus intereses e inquietudes.


Es necesario insistir por activa y por pasiva en la necesidad de que  los niños encuentren tanto en el hogar como en la escuela un clima de aceptación y cariño que los lleve a  aceptarse y quererse, pues sólo así serán capaces de aceptar y querer a  los demás. El amor es un éxodo permanente del yo, encerrado en sí mismo,  hacia una liberación que se convierte en un don de sí a favor del otro. La superación de la infancia consiste precisamente en convertir la necesidad de amor en capacidad de amar. El niño poco a poco está en condiciones de salir de sí mismo y abrirse a los demás. Primero a los amigos, después a las personas de otro sexo, de las que comenzará a sentirse atraído con una fuerza insospechada. Es como si se sintiera invadido por otra persona, como si dentro de su corazón empezara a latir otro corazón. De ahí la necesidad de una educación cercana, que los acompañe y guíe en esos tiempos turbulentos de la adolescencia.

La adolescencia suele ser una etapa difícil, más para los padres que para los propios adolescentes. Son momentos de grandes cambios en lo físico, social, psicológico, moral, afectivo. El adolescente  siente que ya no es niño y necesita demostrárselo y demostrarlo a los demás. Por ello, se enfada cuando se siente  tratado como  niño, y busca también distanciarse de los adultos, a los que ve como unos viejos insoportables y aburridos.   Si como niño se esforzaba por complacer a sus padres y maestros y le proporcionaba una gran seguridad hacer  lo que ellos le pedían;  ahora busca su independencia y se rebela contra toda imposición o incluso todo consejo.


El adolescente, que no se comprende a sí mismo, se siente incomprendido por los demás  y maltratado.  Puede pasar en escasos momentos de la euforia al llanto, del gozo al aburrimiento, del interés al fastidio, y tiende a aislarse de un mundo que no comprende ni acepta mediante la música, las fiestas, el alcohol, las drogas, los celulares,  el internet….Si ha crecido en un ambiente de meros mimos y caprichos, donde todo se le permitía y nada se le exigía, tenderá a ser un adolescente caprichoso, frívolo, inconstante, incapaz de la menor renuncia, violento incluso contra sus padres o profesores, cuando tratan de ponerle límites o no le conceden sus exigencias. De hecho, es creciente la preocupación en muchos países del incremento de la violencia de los hijos contra los padres y  de los alumnos contra los profesores, y crece silvestre la violencia de las bandas juveniles.


Como el adolescente necesita autoafirmarse, buscará llamar la atención y para ello se esforzará por ser “el más” en algún aspecto: el más guapo, el más grosero, el más gracioso, el más atrevido, el más violento, el  que se peina de un modo más llamativo, el que tiene el celular más moderno, o los zapatos último modelo. Muy inseguro individualmente,   buscará  su seguridad en el grupo, o en la pandilla.


Hoy, cada vez más, los adolescentes tienden a vivir en un mundo imaginario y virtual (videojuegos e Internet)  sin mucho contacto con la realidad que les deprime. Los medios tecnológicos están sustituyendo el encuentro personal por encuentros virtuales y convierten el espacio doméstico en el más amplio territorio virtual: aquel al que, como afirma certeramente Virilo, “todo llega sin que haya que salir”. Estamos ante nuevos modos de estar juntos. Los ingenieros de lo urbano ya no están interesados en cuerpos reunidos sino en cuerpos interconectados. Ya no necesitamos salir de la casa para reunirnos y conversar, para enamorarnos e incluso hacer el amor. De hecho, los jóvenes están creciendo en una sociedad supererotizada de fuerte exhibicionismo sexual donde impera la pornografía y la reducción de lo erótico a mera genitalidad, que condiciona fuertemente el surgimiento de una sexualidad madura y responsable. Por ello, muchos viven una vida afectiva y sexual fragmentada y tienen serias dificultades para asumir compromisos definitivos y para abrirse a una relación de encuentro profundo con el otro, lo que contribuye a ahondar cada vez más la crisis de la familia y subraya la urgente necesidad de aprender a amar para poder ser creadores de relaciones y de vida.


Autor: Antonio Pérez Esclarín